El ojo que toma esos fragmentos de luz a su vez los pulveriza. El cristalino desvía los rayos que lo atraviesan y enseguida la retina fractura la energía lumínica en moléculas de pigmento, repartidas a su vez en brevísimas señales eléctricas. La retina dista mucho de ser un simple mapa de pixeles: es un manto con seis o siete capas de células conectadas entre sí --en serie, en paralelo, en convergencia, en divergencia-- cuyas últimas prolongaciones forman el nervio óptico que entra al cráneo por detrás de la órbita. Las vías nerviosas se bifurcan y se vuelven a bifurcar, mezclando el mundo una y otra vez, atomizándolo. La cosa no termina en la corteza occipital, y los pedazos infinitesimales de mundo que cada pequeña célula alberga viajan a toda velocidad por amplias redes tisulares hacia la cabeza entera, para mezclarse con fragmentos sin número procedentes de otras distintas formas de desbaratar la realidad: las partículas auditivas y las migajas gustativas, los pedazos olfatorios y táctiles, los átomos del lenguaje que brincan por todos lados y los trocitos de universo que proponen las ideas.
-Fernández, J. (1999, Abril). La niebla. Luna córnea, 17.
Viéndolo en términos menos académicos, la búsqueda de este proyecto es la de romper la luz.
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